miércoles, 1 de agosto de 2012

Héroes del Islam: Sidi Omar Al-Mukhtar, el León del Desierto

Bismillahi Rahmani Rahim

En Raíces y Sabiduría continuamos presentando las heroicas personalidades que se levantaron poderosamente contra las fuerzas opresoras cuya misión ha sido siempre acabar con la Realidad del Islam mediante la conquista del mundo Musulmán.

Estas personalidades heroicas deben servirnos como referentes al momento de repasar nuestro nivel de Fe y de entrega a la Causa de Allah, ya que hoy en día las trampas de sheytanes y dayyales se encuentran tan sutilmente encubiertas que es muy fácil para el desprevenido espiritual caer en ellas si no cuenta con la entereza y claridad suficientes para afrontarlas con la determinación de una voluntad inconmovible.

Hoy en día las fuerzas opresoras movilizan sus estrategias invasoras desde el ámbito ideológico y cultural, por lo que sus armas colonizadoras son mucho más nocivas que las municiones de fuego ya que apuntan directamente a la vida espiritual de los individuos, buscando transformar lo falso en verdad y la verdad en falsedad.

Sheykh Abdul Kerim Effendi decía que como Musulmanes debemos incorporar a nuestros corazones modelos inspiradores que con sus ejemplos nos sirvan de propulsores al momento de vivir correctamente nuestro Islam. De esta vivencia depende nuestra purificación interior para llegar limpios a la Presencia Divina de nuestro Señor.

Nuestra intención es seguir presentando a esos Héroes del Islam cuyo ejemplo modélico es parámetro para nuestra experiencia. En esta ocasión repasamos la vida de Sidi Omar Al-Mukhtar, el León del Desierto.

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Nos remitimos en la historia al año 1862, cuando en un poblado controlado por el Califato Otomano nacía un niño en una casa pobre. Luego de la muerte de su padre, cuando tenía 16 años, quedó bajo la tutela y el cuidado de uno de los más importantes Shuyukhs de la Tariqa Sanusiyya de su pueblo. Desde temprana edad desarrolló un estilo de vida piadoso no durmiendo más de tres horas por noche para levantarse y rezar a Allah en el último tercio de la noche y recitar Qur’an hasta la oración del Fayr.

Fue reconocido por su coraje y sabiduría convirtiéndose en un ejemplo a seguir. Esto se hizo patente en uno de sus viajes comerciales de caravana hacia Sudán, durante su juventud. Un león impedía el paso a la gente frente a un camino en particular. Las caravanas tenían que esquivar el camino por temor al león. A veces para distraerlo y continuar viaje, la gente debía sacrificar un camello y entregárselo –siendo la posesión más valiosa de un viajero- para poder pasar a salvo. En el transcurso del viaje, él escucho acerca del león y tomó la determinación de hacerse cargo por sí mismo de la situación. A diferencia de los demás hombres de la caravana que permanecían perplejos ante el problema, tomó su arma, montó su caballo y fue tras el león. Ante la sorpresa y gratitud general, regresó con la cabeza del león. Ante esto ganó el nombre de “León de Cirenaica”.

Una educación de valentía y rectitud religiosa tuvieron un enorme efecto en él. Su carácter no sólo cambiaría el curso de su tribu, país y gente, sino también el mundo Islámico de la era post-colonial.

En sus veintes fue reconocido por su madurez más allá de la edad, tanto como su sabiduría, ya que habitualmente solía resolver disputas tribales. Su gente lo escuchaba con atención y tomaban sus concejos independientemente del pueblo o región donde se encontrara. Sus modales eran sobradamente grandiosos, era elocuente, equilibrado en su discurso y despertaba la atención en quienes lo escuchaban. Estas cualidades lo ayudaron a unir tribus, y más tarde a reunir ejércitos para enfrentar a los colonizadores.

Sus treintas fueron marcados por el albor de la Era Colonial que comenzaba a difundir su cáncer al resto del mundo. En el momento en que el mundo era asolado por las potencias Europeas, este hombre se mantuvo con firmeza por el Islam y enfrentó con valor a los colonizadores. Combatió con valentía contra los franceses junto a sus hermanos de Orden, más conocidos como “Sanusíes”. Por un breve período también combatió contra los británicos, quienes habían sido marcados por la avidez e intentaron conquistar sus tierras.

Como parte del festín global sobre lo que consideraban “naciones incivilizadas”, Italia se unió a las potencias Europeas para causar estragos en la parte Sur del hemisferio colonizando el Norte de África. Fue durante este tiempo que este hombre, en sus cincuentas, reunió sus fuerzas para enfrentar la invasión a Libia, su hogar.

Intentando pacificar su ejército de resistencia, los italianos le ofrecieron posiciones sociales elevadas y riquezas; a cambio, ellos le demandaban que se rindieran y que aceptara sus decretos coloniales. Él respondió con una frase célebre: “No soy una porción de comida dulce que cualquiera puede devorar. No importa por cuanto tiempo ellos intenten cambiar mi creencia y opinión, Allah los hará caer.”

Luego le ofrecieron dejar su ciudad para vivir cerca del partido gobernante gozando de un salario mensual, aunque nuevamente se negó diciendo: “No, no abandonaré mi país hasta que encuentre a mi Señor. La muerte me es más cercana que cualquier cosa; espero por ella a cada minuto.”

Este hombre, cuyos setenta años no le impedían luchar, fue el alma de la resistencia de su gente en contra de toda desigualdad desesperanzadora. Infundió esperanza en su gente contra un ejército mil veces mayor que el propio, equipado con armas más modernas, aviones y tanques, mientras que él y sus hombres padecían hambre en las montañas con nada más sobre sus espaldas que sus rifles y caballos. Debido a su posición inconmovible ante los invasores, las personas de su pueblo se juntaron a su alrededor. Con éxito comenzó a golpear a los italianos donde les dolía. Golpeó con firmeza, velocidad y severidad a quienes pensaron que ocupar las tierras Islámicas, oprimiendo, encarcelando y torturando a los Musulmanes, sería sin esfuerzo.

Eventualmente el hambre y la enfermedad diezmaron a su gente. Con prontitud los italianos aprovecharon la situación para marchar quemando y arrasando poblaciones. No fueron perdonados ni las mujeres, ni los niños, ni los ancianos. Durante su período de mayor debilidad, las personas fueron reunidas y puestas en campos de concentración. Aun conociendo sus chances frente a una fuerza que crecía minuto a minuto, este guerrero estaba decidido a seguir combatiendo.

Cuando se le preguntó por qué continuaba la lucha, dijo que luchaba por su religión y que no iba tras nadie más que los ocupantes de sus tierras. Decía que el combate era Fard (una obligación según la Ley del Islam) independientemente del resultado, ya que la victoria proviene de Allah. Solía negarse a cualquier diálogo de paz con los colonizadores diciendo: “No tenemos más que luchar contra los ocupantes enemigos de Allah”

Luego de incontables batallas (alrededor de 1000 en 20 años) fue herido y capturado. Él y sus hombres se defendieron hasta que no quedaban más que él y uno de sus compañeros. Finalmente su caballo recibió un disparo de muerte haciéndolo caer. Fue encadenado y llevado a una ciudad llamada Suluq, donde estaba establecido el puesto militar italiano.

Este hombre creía que el yihad era una orden sobre todo Musulmán capacitado mientras sus hogares eran ocupados por los colonizadores. Con su fe, heroísmo y coraje se ganó el respeto incluso de sus enemigos.

El oficial militar que lo interrogó dijo: “Cuando llegó a mi oficina me imaginaba encontrar a otro Morabito más de los que ya había encontrado en las guerras del desierto. Sus manos estaban encadenadas, tenía huesos quebrados debido a la lucha y estaba casi incapacitado para caminar. Él no era un hombre normal… Mientras lo interrogaba se mantuvo erguido en mi oficina y respondió con voz clara y calma. Cuando se disponía a retirarse, me arrebató el resplandor de su rostro que brillaba como el sol y conmovió mi corazón. Hacia el final de la conversación, cuando ordené que fuese llevado a su celda, mis labios temblaron.”

Cuando el General italiano encargado de acabar con la resistencia Sanusi le hizo una oferta final para hacerlo su títere y permitirle vivir como otros líderes de su gente, quienes habían traicionado al Islam rindiéndose a las ofertas de los ocupantes, él dijo: “No cesaré de luchar contra ti y tu gente hasta que abandones mi país o yo abandone mi vida. Y juro por Quien conoce lo que hay en los corazones de los hombres que si mis manos no estuviesen heridas en este momento, lucharían contigo, anciano y quebrado como estoy…”

Luego de ser sometido a un juicio irrisorio fue sentenciado a morir en la horca.

Con el intento de atemorizar a los Musulmanes, fue ahorcado ante cientos de tribus en 1931. Sin embargo, esto no tuvo éxito. Su ahorcamiento conmovió al Mundo Islámico entero, y numerosas resistencias fueron originadas, especialmente en el Norte de África.

Quiera Allah-swt- elevar su posición en el Paraíso.

Los italianos le tomaron fotografías encadenado, rodeado de generales sonrientes y de quienes expresaban felicidad ante el veredicto del tribunal. Ellos no se dieron cuenta que esas mismas cadenas y la cuerda alrededor del cuello a manos de sus enemigos combatiendo por la Causa de Allah, se volverían la envidia de todo auténtico Musulmán.

Este hombre no es otro que Sidi Omar Al-Mukhtar. Su legado vivirá hasta el Día del Juicio, insha’Allah. Con su sangre escribió historias de victoria, se convirtió en una leyenda de leyendas y un guía para quienes quieren vivir con honor en tiempos de humillación.

Los rendidos modernistas y eruditos incrédulos de su tiempo que traicionaron la Causa de Allah, no fueron encarcelados ni ahorcados. Tuvieron una muerte normal, incluso posiblemente en el lujo y la riqueza, bajo la protección de los ocupantes italianos. De todos modos, murieron y sus nombres murieron con ellos. Yahannam es la morada de quienes se aliaron con los kuffar colonizadores de los Musulmanes. Sidi Omar Al-Mukhtar vivió y combatió duramente en su vida. Fue encadenado, encarcelado y luego ahorcado. Pero su legado continúa con vida, e insha’Allah, el Paraíso es el lugar de reunión de los mártires.

Sidi Omar Al-Mukhtar se aferró a Allah, confió en Él y aceptó lo que Allah había escrito para él. Le pidió a Allah volverse mártir, y eso fue lo que consiguió, insha’Allah.

Vínculo relacionado: El León del Desierto (Película acerca de Sidi Omar)

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